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A medida que el covid-19 se extendió desde China al mundo y se convirtió en una pandemia con efectos devastadores en los sistemas nacionales de atención médica y la economía mundial, los arquitectos se encontraron en la misma posición que todos los demás profesionales. 

Es decir, encerrados en el interior, nerviosos por el futuro y luchando por seguir siendo relevantes y necesarios a medida que los clientes huyen o posponen proyectos importantes. Pero lo cierto es que poco a poco llega un nuevo desafío para los arquitectos. Uno al que estos profesionales ya se tuvieron que enfrentar muchas veces antes…

El impacto de las pandemias en la arquitectura históricamente

Las pandemias pasadas han obligado a la arquitectura y la planificación de la ciudad a evolucionar. Está claro que los nuevos edificios tendrían que incluir balcones, espacios abiertos y unidades de aire acondicionado que hagan circular aire fresco. 

Algo que ya se puede ver en el París de 1898, con amplios bulevares para traer aire y luz, en parte para librar a la ciudad de enfermedades. La peste bubónica acabó con al menos un tercio de la población europea en el siglo XIV, pero inspiró las ciudades renacentistas que amamos hoy.

Paris 1898

Las ciudades fueron despejadas de viviendas miserables y estrechas, desarrollaron instalaciones de cuarentena tempranas y abrieron espacios públicos más grandes y menos abarrotados.

La fiebre amarilla en el siglo XVIII y el cólera y la viruela en el siglo XIX trajeron amplios bulevares a París, mejoraron los sistemas de agua en Londres y dieron lugar a los primeros suburbios.

Ya en el siglo XX, los brotes de tuberculosis, tifoidea, polio y gripe española impulsaron la planificación urbana, la limpieza de barrios marginales, la reforma de viviendas y la gestión de residuos. Impulsó el modernismo en sí, con sus espacios aireados, separación de áreas residenciales e industriales, superficies más limpias (vidrio y acero) y énfasis en la esterilidad.

¿Cambiará el Covid-19 a la arquitectura?

A medida que la pandemia continúa y los arquitectos se envalentonan por la creciente conciencia de que este es un momento de transformación que podría derribar viejas jerarquías, e incluso el capitalismo tal como lo conocemos, están pensando en el legado del modernismo y su promesa de rehacer el mundo

¿Es posible que la arquitectura sea ampliamente política, como lo fue antes, pero más eficaz? ¿Podría emprender proyectos más grandes que las ciudades transitables y los rascacielos energéticamente eficientes? ¿Podría apuntar a algo más grande que la creación de edificios en los que vivimos, trabajamos y morimos, algo más parecido a un entorno que nos rodea, nos protege y nos inspira? ¿Podría la arquitectura, como el mundo al que amenazaba el virus, volverse orgánica?